Hernan L
21-03-2024 15:35

Han pasado cuatro años desde que Alberto Fernández, en concordancia con prácticamente todas las naciones del mundo, dictaminó la cuarentena para preservar a la población del azote del Coronavirus. Es posible que a fines del 2019 y principios del 2020 se hayan enfrentado a las noticias mundiales por primera vez. Un extraño virus descubierto en China por primera vez que tenía síntomas similares a los de la gripe pero con un alto índice de mortalidad. Expresiones desacertadas de funcionarios recién asumidos (literalmente, hacía apenas meses teníamos un nuevo gobierno) como el ministro de Salud Ginés Gonzalez García, desestimando la posibilidad de llegada del COVID-19 al país serían recordadas fuertemente a principios del 2021 con las primeras vacunas y los primeros escándalos. En este artículo, algunos pensamientos.

El 20 de marzo del 2020 se dio el anuncio

Cuatro años

No se ustedes, pero para mi estos cuatro años no existieron. Como dijo un compañero de la redacción: “un mundial”.

¿Recuerdan el tiempo que había entre mundial y mundial? Exacto. Cuatro años.

Sin embargo, hay algo ahí, en como se licuó la percepción del tiempo con el claustro en nuestros hogares y la gestión de nuevas rutinas.

Recuerdo vívidamente el inicio de la cuarentena con mi hija de 3 años jugando alrededor sin entender nada de la situación salvo que la plaza estaba cancelada. Meses después abrieron los caniles en CABA. Pero no los plazas de juegos. Todo raro. Compramos un tobogán de madera muy básico para que se entretuviera sin pantallas mientras nosotros trabajábamos.

Horas acostado viendo «Community» de manera totalmente zombie. El primer hit serial de la cuarentena, Michael Jordan mirando una tablet y diciendo «Tome eso de manera personal». Gran documental «The Last Dance». Hubo otros dos, “Tiger King” (that bitch Carole Baskin) y ya cuando había bajado la intensidad, “Queen’s Gambit” que reanimó un furor por el ajedrez que no se veía desde los duelos de Kasparov con Karpov o el periodo de Bobby Fischer.

Cuatro años pasó de todo eso. Y para mi, fue ayer.

La Curva

Trabajador Esencial

Como Mecha no paga mis cuentas, dependo de mi trabajo formal en una PYME que vende implementos de seguridad industrial, lo cual incluye mascarillas y barbijos. Eso convirtió a la empresa en un negocio esencial y a mis compañeros y a mí en trabajadores del mismo corte. Con lo cual, salvo esos primeros 15 o 20 días, yo nunca dejé de asistir a la empresa. Como aparte de trabajar en marketing soy cobrador (no pregunten, cosas de las PYME), tuve el dudoso honor de caminar avenidas deshabitadas a lo Rick Grimes en el primer episodio de The Walking Dead o Cillian Murphy en 28 Días. En esos momentos me acuerdo de hacer vivos de Instagram en el vacío existencial (y físico) caminando por el microcentro.

En sucesos mas terrenales, también recuerdo lo mal que la pase sin poder mear en ningún lado durante horas hasta que el gobierno permitió que los restoranes y cafés abran para delivery. Ahí conocí un pequeño café (Tobas, sobre Diagonal Norte a metros de Florida) que me abrió las puertas para aliviar mis necesidades y tomar café con dos medialunas en el medio de la nada humana. Y por lo bien que me trataron es que desde ese momento decidí  convertirlo en mi lugar de desayuno habitual.

Recuerdo cuestionar mi esencialidad para generar plusvalor pero no para relacionarme. Poner en riesgo mi salud para mover la rueda del comercio, pero no para ir a saludar a mi cuñada que estaba en camino a tener a mi sobrina o a mi mamá, que en esa época tenía 74 años y es paciente oncológica. Recuerdo enojarme, pero entender que sucedía algo bestial y con un precedente de hacía 100 años. Recuerdo sentarme y decir: «Nos estamos cuidando todos». La sensación de manoseo persistía, pero en fin: capitalismo. Tres veces me hisoparon por sospecha de contagio. Todas por ir a laburar.

Las primeras protestas

Home Office

Decía que también laburo en marketing, entonces, el resto de los días trabajaba desde casa. Lo cual en principio me hacía muy feliz. No tener que subirme a un colectivo, no tener que ir a una oficina a hacer algo que sin problemas podía hacer desde el calor de mi casa. O sea, disfrutar todo eso que disfrutan los programadores desde hace 20 años. Por supuesto que hubo tensiones. A veces necesitas espacio. Pero eran mas virtuosos los beneficios de dormir mas, y terminar la jornada y ya estar en tu hogar.

El Home Office de la cuarentena rompió la matriz. Le demostró al mundo que no tenían nada real de lo cual agarrarse para forzar la presencialidad. Por supuesto que muchos trabajadores no la pudieron disfrutar por razones estrictas de cada lugar de trabajo. El obrero de depósito por ejemplo arriesgó su vida para que unas cajas con mercadería lleguen a algún destino.

Una vez mas: los despropósitos del capital.

Pero realmente no había un motivo para que, una vez superada la cuarentena, de cuajo se terminara el sistema. Sin embargo, en muchos casos fue así. El Home Office pasó de ser una necesidad obligatoria a un instrumento de negociación laboral. Y a la vez está generando una crisis de “edificios vacíos” que aporta a la burbuja inmobiliaria actual que promete explotar pronto.

Agosto 2020

Psique

Supongo que mi estabilidad mental no tuvo ningún cambio porque mi Home Office, como relaté, no fue absoluto ni mucho menos. Pero para muchos, en cambio, fue proporcional a un verdadero encierro. Y conforme pasaron las semanas fue brutal para estas personas que quizás no tenían una gran red social. Padres que quedaron aislados con un hijo pequeño. Mayores que requerían de ayuda de terceros para hacer las compras porque eran población de riesgo. Personas embarazadas. En fin.

Ya para mayo sucedían protestas de opositores exigiéndole al gobierno que finalice la cuarentena y que exista el libre albedrío. Grupos que pedían poder salir a correr. DNIs pares e impares. La situación no se había visto en 100 años. No había un manual de cómo actuar de manera perfecta. Había una hoja de ruta marcada por los expertos y a la cual el gobierno argentino (y los del mundo) se adaptaban de acuerdo al termómetro social que fluctuaba entre «entender» cuando fallecía algún pariente cercano, y «hartarse» cuando pasaban los meses y nada parecía cambiar.

adorni

Esto decía Adorni apenas empezada la cuarentena

En las primeras semanas se aplaudía a los médicos y a al presidente electo que tenía un índice de aprobación altísimo.

Para junio, la historia era otra. Buena parte de los argentinos tenían la cabeza quemada por el asunto e incendiada por los medios y las redes sociales que ahora consumía durante todo el día.

No hay que desestimar como la cuarentena posibilitó el crecimiento del movimiento libertario.

Mi felicidad

La Lectura

Que cuatro años después, y en una época de posverdad desbocada, castigan al gobierno que se fue por una cuarentena que, según ellos, no debió ser. Que quebró negocios (es cierto), que empobreció a muchas personas que dependían de sus changas o emprendimientos (también es cierto) y que en definitiva, no era necesaria (no es cierto en lo más mínimo).

Porque la cuarentena que adoptaron casi todos los países del mundo fue extremadamente necesaria. El COVID-19 no fue una “gripecita”. Fue una pandemia global de una enfermedad con fuerte índice de mortalidad para la cual no existía ninguna cura. Es increíble el esfuerzo que hicieron los Estados para financiar a la comunidad científica y a los laboratorios en la creación de una vacuna en tiempo record. Vacuna que la mayoría de los libertarios también se dieron.  También se sacaron la foto con el carnet para mandar al grupo familiar aunque ahora se avergüencen.

Vacuna (incluso la Sputnik con la cual patalearon) por la cual lloraron de forma pública o privada.

La Cuarentena fue imperiosa. Podemos discutir si se podía haber aligerado un tiempo antes. Yo considero que debieron extremarse los cuidados pero debió haber alguna ayuda estatal extra a los trabajadores informales y monotributistas. El IFE fue insuficiente y muchas personas sobrevivieron al COVID-19 mientras se morían de hambre.

No. No se debía cancelar para que un boludo pueda hacer surf o una paparula pudiera ver al chongo.

Se debía revisar su alcance para que las personas pudieran trabajar y tener un ingreso.

Mas de 120 mil fallecidos

Los Muertos

En el 2021 llegó la vacuna y todos fuimos desfilando a inyectarnos ese néctar de la salvación. Lloré cuando le dieron la dosis a mi hija, ahora de 4 años y por empezar el jardín. Fue un momento emocionante.

No obstante, las noticias comenzaron a aparecer. La primera noticia fue la del vacunatorio VIP. Por alguna razón, se filtró que el gobierno había otorgado vacunas a ciertas personas antes de liberarlas a la población general. Comentarios de Beatriz Sarlo y Horacio Verbitzky generaron una ola de rumores sobre vacunas otorgadas a militantes y personas fuera de los colectivos de riesgo. El rumor no solo nunca fue comprobado de forma fehaciente. Lo cierto es que sucedieron dos eventos de manera simultánea.

El Gobierno intentó armar una campaña de concientización convocando a personas de influencia. Fue necesario porque desde que existió una carrera contrarreloj para tener una vacuna, distintos grupos organizados opositores viralizaron y fomentaron el discurso antivacunas, sobre todo si provenían de Rusia. Era primordial para el gobierno que la sociedad se vacunara para generar el efecto de inmunidad de rebaño y que realmente el COVID-19 se convirtiera en una “gripecita”.

El segundo evento que sucedió fue que muchas de las personas que fueron señaladas como parte de ese vacunatorio VIP realmente pertenecían al colectivo de personas de riesgo ya sea por edad o enfermedades preexistentes. Recuerdo a Hugo Moyano responderle a un periodista: “Tengo 77 años”.

Lo que se descubrió mucho mas adelante y que fue uno de los últimos clavos en el ataúd del gobierno de Alberto Fernandez fue el escándalo de la Fiesta en Olivos. Tanto AF como su mujer fueron exonerados por la Corte Suprema pero lo que se manchó fue otra cosa.

Fue indefendible.

Algo que me resulta gracioso de los libertarios de internet es que, ante las críticas al gobierno de Milei, dicen “Te quedaste callado 4 años”. Pocas veces vi un gobierno tan criticado por los propios como el de Alberto Fernández. No lo querían los peronistas por parecer radical. No lo querían los K por tibio. No lo quería nadie y lo decíamos todos en todos lados. Pero bueno, posverdad.

Y después de que salieron a la luz las fotos de la fiesta de cumpleaños de Fabiola en Olivos algo se rompió. Teníamos la obligación de bancar algo que habíamos votado hasta ese momento, donde descubrimos que o eran malos o eran estúpidos. Tal vez ambas. Me quiero quedar con que eran estúpidos porque me hace sentir mejor conmigo mismo. En el medio de una cuarentena larga que generó varios problemas económicos, sociales y hasta psicológicos, el presidente del país rompía sus propias reglas para hacerle una fiesta de cumple a su mujer en la Quinta de Olivos.

No solo eso. Fue tan imbécil nuestro ex presidente como para dejar que saquen fotos.

¿En qué estaba pensando?

¿Fue a propósito como piensa un sector?

Intuyo que como en buena parte de su gestión, no estaba pensando.

La cuestión es que la cuarentena terminó con la cifra de 120 mil fallecidos. Muchos de ellos solos y sin sus familiares alrededor por disposiciones gubernamentales (correctas disposiciones, aunque antipáticas), mientras a Fabiola la rodeaban su health coach y su peluquero para que no soplara sola las velitas.

¿Indefendible? Imperdonable.

La voluntad de poder se tiene que conciliar con una capacidad de mantenerlo y puño de hierro para ejecutarlo.

Cuatro años después de la violencia del COVID-19 y la cuarentena sufrimos otra clase de encierro. El que provoca un gobierno autoritario y represor que no hará fiestas en Olivos pero festeja con tus ingresos. Y aunque hay muchos responsables de que haya llegado al poder (los medios, las redes sociales, los socios que lo financian, una mala campaña de Massa…), uno de las causas fue la cuarentena. Si, aunque fuera necesaria.

Afectó nuestra economía y las mentes de un alto porcentaje de argentinos que comenzaron a escuchar los cantos de sirena (o los gritos del tritón) del único en la tele que parecía extremadamente enojado.

Ahora enojados estamos todos.


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Hernan L
Redactor de muchos años. Stalino.